Tras el Rastro del barquillero
Últimamente se me olvida que me hago mayor. Los días se me resbalan y me esquivan. Puede ser que vayan dos o tres pasos por delante de mí o puede que yo sea muy lenta. La mayoría de las veces me doy poca cuenta o le resto importancia, pero, a veces, me canso e intento salir en su busca. Entonces, me lanzo a las calles de la Latina, a cruzar esquinas, a coger atajos, a asomarme a balcones. A ver qué veo.
Los domingos permiten eso y mucho más. El Rastro es un foco de historias y recuerdos, con firma y dueño. Hoy, bajando Ribera de Curtidores, me he encontrado con una…
Se oye el clic-clac de una barquillera. Me doy la vuelta y veo a Fernando, con su aire atrevido, su gorra típica y su chaleco de barquillero. Pero qué chulo es: “Soy más famoso que el Avecrem”, oigo cómo le dice a un cliente.
No es que sea el único, pero sí inconfundible. Tiene ese aire de chulapo contento. Mientras hablo con él, los clientes no cesan de comprarle obleas y barquillos: “Tome señora y recuerde: la servilleta no se come”. No puedo evitar sonreír sabiendo que Fernando son todos los barquilleros de Madrid.
“Un barquillo a 1,20 o si lo prefieres una bolsa variada a 6 euros”. De canela, de menta, de vainilla…me va dando a probar y el azúcar me devuelve una Latina de organillo y verbena.
Cuenta que tiene todo tipo de clientes en la Latina y presume de público fiel. Le pregunto entonces por su favorito: “Hay un hombre que viene todos los domingos a comprar barquillos para su madre. Se los lleva después a la residencia de ancianos, donde pasan todo el día juntos”. A Fernando le enternece saber que hay gente para la que no hay mejor manera de pasar un domingo que comiendo sus barquillos.
Desde el barrio de Carabanchel, donde vive Fernando, a la Latina hay ocho paradas de metro. Ocho estaciones portando la barquillera con su sonrisa de soltero castizo. La misma que utiliza con las clientas y la misma que hace reír a carcajadas a las vendedoras de los puestos vecinos: “Esta que vende a mi lado es mi novia… te lo juro por Arturo que en mi casa no hay pan duro”.
Días de Rastro, como hoy, comienza a trabajar sobre las siete de la mañana y suele acabar hacia las tres de la tarde. No le parece un trabajo duro: “Vengo a ganar unos 100 euros cada domingo y son sólo cuatro al mes, ¿cómo voy a quejarme?”.
De lo que sí se queja es de la lluvia, la peor enemiga del barquillo: “Esos días son los peores. Si empieza a llover, hay que recoger las cosas e irse a casa”.
Cuando le pregunto por cómo se hacen los barquillos, no sabe muy bien qué responder: “Pues en unas planchas…y no se mucho más, lo de hacer barquillos no es lo mío”. Y es que para eso ya tiene a su proveedor y amigo, Julián Cañas, perteneciente a la quinta generación de una familia que llevan desde el siglo pasado en la profesión, barquilleros de toda la vida y los únicos fabricantes que quedan en Madrid.
Hoy en el Rastro seguía sonando esa barquillera. Recuerdo que yo también jugaba al clavo. Y recuerdo mis días de barquillos. Lo recuerdo ahora, gracias a Fernando.




















Tengo cinco organillos si alguien esta decidido,a reunirnos a tocar en la calle de las ciudades de España la ruta del organillo y el barquillero , que estuviesen algun dia, junto al barquillero y todos los que nos podamos reunir, tocando las melodias de nuestros,inolvidables Organillos.Se que es dificil pero no imposible . Soy de valencia mi tel/ 606555407, Tenemos que hacer ,una asociacion,o un club´saludos a los amantes del Organillo.
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Espero que cuando te vuelvas a lanzar a las calles de la Latina, a cruzar esquinas, a coger atajos y a asomarte a balcones a ver qué ves, me encuentres a mi para buscar esos días resbaladizos juntos. Es un artículo precioso Rocio.
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este artículo debería de ganar el premio Pulitzer!
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¿que la servilleta no se come? no puedo creerloooo
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